✍🏼No es que sintamos demasiado.
Es que hemos aprendido a sentir desde la evitación.
A corregirnos cada vez que algo nos pasa.
A desconfiar de ciertas emociones.
A pensar que hay estados que sobran.
Que estar tristes es un fallo,
que enfadarnos nos empequeñece,
que el miedo dice algo malo de nosotros.
Y poco a poco
empezamos a vivir desde fuera.
Nos regulamos,
nos adaptamos,
nos contenemos.
Pero dejamos de entendernos.
Y ahí se empieza a torcer algo.
Porque cuando nos separamos de lo que sentimos,
no nos volvemos más fuertes.
Nos volvemos más lejanos.
Más correctos, quizá.
Pero menos presentes.
Y casi sin darnos cuenta,
dejamos de vivir desde lo que somos
para empezar a movernos desde lo que encajaría mejor.
Al principio no se nota.
Pero se va acumulando.
En forma de apatía,
de cansancio,
de esa sensación difícil de explicar
de que todo está más o menos bien…
pero nosotros no del todo.
No porque falte algo fuera.
Sino porque nos estamos retirando por dentro.
Y quizá no tenga que ver
con sentir menos
ni con hacerlo mejor.
Quizá tenga que ver
con dejar de intervenir tanto
cada vez que algo nos atraviesa.
Con asumir que lo que sentimos
no siempre es bonito,
pero muchas veces sí es honesto.
Y que, a lo mejor,
estar en paz no pasa por estar siempre bien…
sino por no tener que apartarnos de nosotros
para poder estarlo.✍🏼
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